Este 24 de junio de 2010, al cumplirse los 75 años de la desaparición de Carlos Gardel, el Zorzal Criollo, aquel que "Cada día canta mejor" el tango, podíamos haber glosado nosotros o trasladado el comentario a uno de los muchos colegas y amigos del mundo del tango argentino, que habitualmente colaboran con Raíz Argentina. Pero no, hemos preferido dar cabida a una nota publicada en HOY DIGITAL de Santo Domingo, República Dominicana.
Allí, sin dudas que un gran conocedor de Carlos Gardel, Isidro Rodríguez Espejo, firma una amplia y muy bien argumentada nota sobre "El Bronce que Sonríe". Y hasta allá nos vamos, para brindar un extracto del trabajo "75 años sin Gardel" e invitarles a leer el resto en el periódico dominicano, en su versión digital.
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En el barrio "El Abasto"
En los primeros años del siglo XX el barrio conocido como “El Abasto” se extendía alrededor del mercado homónimo. La conjunción de criollos e inmigrantes dio al barrio una configuración muy especial y colorida. La música fue la más clara expresión de esta función, escuchándose indistintamente canzonetas, romanzas, vidalitas y milongas camperas comenzó a formarse un argot de la mezcla del italiano y el español, llamado más tarde “lunfardo”.
“El Abasto” seria uno de los emplazamientos más decisivos en la génesis del tango. El barrio era además en tiempos de la infancia de Carlos, un centro de juegos y apuesto por dinero. Carlos no vivía en la zona del “Abasto” pero su concurrencia escolar lo fue acercando poco a poco al barrio. La contención familiar y escolar hicieron que “Carlitos” no se convirtiera en otro niño de la calle.
Lo esencial es que la multitud de personajes, sonidos, músicas y comidas de diversos orígenes marcaran las costumbres y el sentido de pertenencia del joven Carlos. Más complejo fue su mundo de adolecentes, cuando “Carlitos” transitó por el borde de la marginalidad.
Con relación a su futuro artístico, es importante destacar que musicalmente en el barrio predominaban las canzonetas, operetas, zarzuelas y trozos de ópera de origen italiano, dado el predominio de este sector, tanto de quienes vivían en “El Abasto” como de muchos emigrantes que allí se instalaban con sus mercaderías. Convivían con cantores criollos, que entonaban milongas, estilo, rancheras, gato, gato patriótico, cifras y décimas.
Gardel tenía registro de barítono, con una extensión de dos octavas. Muchas veces – al principio – cantaba en un tono que no le resultaba cómodo pero resolvía el problema con facilidad. A Carlos le gustaba siempre, el camino más difícil para cantar. Su singular timbre pastoso, un ligado perfecto de las notas musicales y la casi increíble sonoridad le daban una proyección única. Se tomaba muy poco tiempo para respirar y evitaba las pausas efectistas. Un crítico, una vez, escribió: “Cantaba (Gardel), como quien tira sin apuntar. Pero siempre daba en el blanco”.
Carlos Gardel no era buen guitarrista. Puede observarse, aún en sus películas, que en ocasiones iniciaba su propio acompañamiento y luego dejaba a sus compañeros apoyando, él, sus manos sobre la boca de la guitarra. Gardel tampoco sabía música. Silbaba las melodías y éstas eran pasadas al pentagrama por especialistas. ¡Gardel era todo voz!
Razzano.
En una humilde casita de Montevideo, Uruguay, en la calle Bacacay, a una cuadra de la iglesia Matriz, nació el 25 de febrero de 1887, José Francisco Razzano, pero se crió en Buenos Aires, en el barrio de Balvanera Sur. “Pepito”, como le llamaron sus íntimos, no conservó recuerdos del Montevideo colonial de sus primeros años.
Dos años tenía José Razzano cuando su madre doña Josefina resolvió radicarse en la parroquia de Balvanera Sur, en la calle Sorandi, entre las de Victoria y Alsina, después de la muerte prematura de su padre Nicolás. Era el Buenos Aires de finales del siglo XIX.

Razzano manifestó su inclinación por el mundo artístico desde la infancia. Instalado en un humilde “conventillo” de la calle Sarandí, de niño se acercó a la iglesia de Regina Martyrium, ubicada a menos de una cuadra de la vivienda. Manejada por los jesuitas, era un verdadero polo de atracción, para la enorme cantidad de niños huérfanos o indigentes que pululaban por la barriada.
Para “Pepito” el mayor atractivo era el coro de niños que dirigía un sacerdote entrado en años, quien, con infinita paciencia, intentaba enseñarles a los pequeños el maravilloso mundo de la música sacra.
Trabajar para la "Vieja"
Al concluir sus estudios primarios “Carlitos el Francesito” tuvo que trabajar para ayudar a su querida “vieja”. Para la época ya se acompañaba primitivamente con la guitarra y comenzó a frecuentar los cafés y restaurantes situados en los alrededores del “mercado del Abasto”.
A sus veinte años, Carlos Gardel tenia conciencia de sus capacidades artísticas y con un profundo afán – que lo acompañó toda su vida – de buscar la perfección en el arte de cantar, aspiraba a lucirse lo mejor que podía en cada presentación.
Gardel llegó a convertirse en el ídolo del barrio, y su presencia era indispensable en la vida bohemia musical del sector. En 1908, en el café de “Los angelitos” conoció a José Betinotti, payador famoso. Y Carlos para lucirse, le cantó su canción más conocida “Pobre madre querida”. Cuando término de cantarla, Betinotti emocionado lo abrazó diciéndole: “¡Bravo pibe, con vos se acabaron los payadores!”. Y así fue: José Betinotti fue el último payador. Aquella noche Betinotti lo bautizó como “un zorzal”. Y de aquí nació el “Zorzal Criollo”.
Ya por el año 1910 la fama del “Morocho del Abasto”, aludiendo a su tez a pesar de que era blanco blanco, sus ojos oscuros y su retinta cabellera, se difundía en todos los barrios de Buenos Aires. Y es que a pesar de que no tuvo una educación profesional de la voz, ya que careció de los recursos económicos que eso significaba, cantaba admirablemente bien.
La intuición y capacidad de observación artística le permitió aprender en los contactos con cantantes liricos cuando trabajaba como utilero en el teatro Apolo, así conoció al famoso barítono español Luis Sagi – Barba, - uno de sus ídolos - , de quien tomó los puntos exactos de la voz abaritonada, en magnifica asimilación, como algunas técnicas sobre la forma de dosificar la respiración al cantar.
Asimismo, “El Zorzal” aprendió de los payadores que conoció, y a los últimos, asimilando lo mejor de cada uno de ellos. A Gabino Ezeiza le aprendió el gusto por el folklore argentino; a Arturo Nava – el autor de “El carretero, una de sus favoritas – la importancia de la voz bien timbrada; a Pedro Garay, la técnica para cantar a dos voces y a José Betinotti el cantar expresando sentimientos y matizando cada palabra. Es en esta etapa cuando decide hacer una pequeña variación en el apellido y cambia la “S” de Gardes por una “L”, considerando que la pronunciación “Gardel” mejoraba la sonoridad del nombre”.
(Antes y después de estos párrafos, se completa la nota)
Autor: Isidro Rodríguez Espejo, Diario Hoy Digital, República Dominicana
Nuestros saludos desde RAÍZ ARGENTINA, el sentimiento argentino en España y Europa, a los colegas del periódico dominicano.